La gran revolución

pater_hidalgo_mural_von_orozco

Mural de José Clemente Orozco

De Duncan Riley

9/19/2019

 

En la historia de México, desde la Independencia, se puede trazar una línea entre dos distintas tradiciones revolucionarias, la tradición popular y la tradición de élite. La primera siempre buscaba el mejoramiento de las condiciones sociales y autonomía para las masas de campesinos y trabajadores, mientras la segunda ha intentado a establecer un Estado fuerte y liberal para facilitar el desarrollo económico y defender los intereses de los propietarios. Más que una diferencia filosófica, el enfrentamiento entre estas dos corrientes es el conflicto entre dos tipos de revolución – la revolución social, que quiere la emancipación del pueblo trabajador y es el fruto propio de las aspiraciones populares, y la revolución política, que quiere reemplazar una forma de tiranía por otra. Hasta hoy, a través de los siglos, la última tradición siempre ha triunfado, pisoteando sobre la bandera de tierra y libertad que el pueblo llevó durante la Independencia, la Reforma, y la Revolución, entronando una nueva autoridad para oprimir y sangrar al mismo pueblo. Pero, todavía, la semilla de emancipación que plantaron las masas de campesinos en 1810 sigue viva, esperando el día que el pueblo la levante de la fosa, para que ella pueda florecer entre los vientos que lleven ese aliento de libertad al mundo.

La revolución de 1810 que empezó ese gran proceso fue, en su carácter, un levantamiento campesino. Después de tres siglos de opresión e injusticia bajo el yugo español, los campesinos se levantaron en armas para quitar el trono del virrey. Aunque al principio los campesinos mantenían que la revuelta fue en defensa de Fernando XII en contra de los invasores franceses, eso no significa que fue un movimiento conservador. Usualmente en la historia los campesinos han profesado su apoyo por un monarca distante porque ellos lo veían como un protector contra los opresores locales, como los terratenientes, los burócratas, y los “malos consejeros.” Eso es exactamente lo que pasó en 1810, cuando ese huracán de rabia popular caminaba sobre México. Las milicias de Hidalgo, Morelos, y Guerrero luchaban contra los “gachupínes” y los monopolios e impuestos que el Estado colonial impuso al pueblo. También, los insurgentes declararon la abolición de la esclavitud, las castas, y el tributo indígena. Entonces, los objetivos de los rebeldes eran no sólo liberar a México del dominio ibérico, pero también liberar a su pueblo de la explotación económica y la desigualdad social.

Además, como una respuesta al abuso del poder de las autoridades centrales durante la época colonial, los campesinos lucharon por la autodeterminación y la autonomía del poder municipal. Los campesinos tomaron por su modelo las cláusulas de la constitución liberal de Cádiz que establecieron municipalidades autónomas, principios que también conformaban con los antiguos ejidos de los pueblos indígenas. Por ello, los campesinos no sólo querían cambiar el Estado colonial por el Estado independiente, sino también crear su propia forma de poder revolucionario, en que el pueblo podía ejercitar control sobre sus propias comunidades y sus vidas cotidianas. Este espíritu ácrata que empujaba al pueblo hacia la autogestión y la abolición de las jerarquías sociales fue la fuerza motriz del movimiento popular por la independencia, un movimiento que conceptualizó de la independencia no sólo en el sentido nacional, sino en los niveles comunitarios e individuales también.

Pero ellos que últimamente dominaron el proceso de la Independencia fueron los revolucionarios políticos, encabezados inicialmente por Agustín de Iturbide. Estos revolucionarios, las monarquistas liberales y los republicanos, querían realizar la independencia y establecer un régimen constitucional, pero tocaron sólo superficialmente el problema social. Aunque debido a la fuerza del movimiento popular los gobiernos de Iturbide y más tarde de la república hubieron de conceder algunas reformas, como la abolición de las castas, el tributo, y algunos monopolios, en lo general, los hacendados y empresarios, incluso propietarios españoles en lugares como Morelos, seguían dominando la economía y el gobierno. Eventualmente, el golpe de Santa Anna en 1836 y las Siete Leyes Constitucionales, con su carácter centralista, revocaron la mayor parte de estas reformas, quitando las comunidades de su autonomía municipal y aumentando los impuestos a los campesinos. Como tal, a pesar de la victoria del movimiento independentista, las aspiraciones populares todavía se quedaron sin vindicación.

Pero esas aspiraciones no habían muerto, y los campesinos, jornaleros, y artesanos seguían luchando para alcanzarlas. Después de décadas de fuertes pugnas políticas e invasiones extranjeras en que el pueblo luchaba con bravura, la caída de Santa Anna en 1854 abrió el camino hacia la Reforma, la cual ofreció una nueva oportunidad para construir un poder popular. Aunque hoy muchos historiadores ven La Reforma como otro esfuerzo de restablecer el Estado mexicano siguiendo el modelo liberal de los Estados Unidos, de verdad el proceso fue más amplio y profundo que las leyes que promulgaron Juárez y Lerdo. La revolución de Ayutla que empezó la Reforma fue, como la Independencia, un levantamiento de los campesinos en contra de los abusos del gobierno, el centralismo, y las alucinaciones monarquistas de Santa Anna, y culminó con la entrada de campesinos descalzados a la ciudad de México. En Morelos, una coalición de menestrales y campesinos se alzaron en armas en contra de los hacendados españoles que habían usurpado los terrenos de las comunidades, y en todo el país los municipios reclamaron su libertad comunal. Por lo tanto, la Reforma, al principio, fue otro intento por parte de las fuerzas populares de conseguir su propia independencia.

También, con la Reforma se vio el comienzo del movimiento obrero en México, con la fundación de sociedades de ayuda mutua entre los artesanos. Estas sociedades, además de proveer socorro a los trabajadores durante los duros tiempos de los primeros pasos de la industrialización, se convirtieron rápidamente en un arma en contra de los opresores. Por ejemplo, en 1865 la primera huelga en la historia de México aconteció, cuando los trabajadores de dos fábricas textiles protestaron en contra de las malas condiciones y la ocupación francesa. Los campesinos no se tardaron en contribuir sus fuerzas a la causa de la revolución social, luchando tanto en contra de los hacendados como de los franceses. En 1869, un grupo de campesinos encabezado por Julio Chávez llevaron a cabo una campaña de expropiaciones, arrebatando la tierra de las manos de los aristócratas. Cuando el ejército federal aplastó el movimiento, Chávez murió gritando “¡Viva el socialismo!” (Por esta sección, he confiado en la obra escolástica excelente de Angel Cappelleti en Hechos y figuras del anarquismo hispanoamericano).

En el triste acontecimiento del ajusticiamiento de Chávez, volvemos a ver la influencia de los revolucionarios élites. Estos revolucionarios sí querían acabar con las dictaduras personales y establecer una democracia liberal, pero a ellos no les interesaba cambiar la base social y económica de la sociedad. Sordos a las reclamaciones del movimiento obrero-campesino cuando llegaron al poder, las élites creían que aquellas exigencias por tierra, libertad, e igualdad amenazaban el orden social, y buscaban fortalecer el estado para defenderlo. Inicialmente ellos no podían hacer mucho a causa de las grandes amenazas de reaccionarios domésticos e invasores extranjeros. Pero, después de la crisis, y especialmente con la toma del poder de Porfirio Díaz, poco a poco el Estado se expandía la autoridad, asfixiando las libertades conquistadas por el pueblo. Los municipios libres se reemplazaron con jefes políticos, se quitó la tierra de los campesinos para darla a los hacendados, y se dio formó a los rurales para reprimir cualquier expresión de disentimiento. El poder se quedó en las manos de los hacendados y empresarios.

Pero, un pueblo que había luchado tantos siglos por la libertad no podía soportar esta opresión por mucho tiempo. En 1906 en Cananea, los mineros se lanzaron a la huelga, y murieron resistiendo el imperialismo norteamericano y la dictadura. Cuatro años después, estalló la gran revolución de 1910, cuando los campesinos se apoderaron de las tierras y derrocaron a Díaz y Huerta. Los instintos creativos del pueblo trabajador destacaban en aquellos tiempos turbulentos, cuando los campesinos forjaban en sus comunidades una democracia revolucionaria más fuerte que cualquier parlamento, basada en los ejidos y ese inmortal principio, clavado en los corazones de campesinos y jornaleros en todo el mundo: “la tierra es de quien la trabaja.” Esa gran tormenta de libertad hizo a los poderosos temblar en sus palacios, y dio esperanza a las masas oprimidas.

En esta revolución es aún más clara la distinción entre los revolucionarios sociales y los revolucionarios políticos, Zapata y los campesinos luchando para repartir las tierras y defender la autonomía de los ejidos mientras que Carranza y Obregón luchaban para salvar el orden social y establecer una mera democracia liberal. Aunque claramente los Constitucionalistas concedieron algunas reformas sociales importantes con la constitución de 1917, como la reforma agraria, derechos laborales, y soberanía sobre los recursos naturales, un proceso muy similar a lo cual que ocurrió después de la Reforma sucedió, cuando, poco a poco, el gobierno del PRI se transformó en una nueva dictadura. El espíritu de la revolución sigue viviendo no en los pasillos de Chapultepec, sino en los corazones de los obreros, campesinos y estudiantes que seguían luchando, como en Tlatelolco, para hacer los sueños de tierra y libertad una realidad.

En los siglos que han pasado después de la independencia, el pueblo mexicano nunca ha cesado de luchar para hacer la libertad y la igualdad principios universales y amplios, y esa lucha ha empujado la historia más adelante. Esta es la gran revolución de que habló Ricardo Flores Magón, cuando escribió “Somos la plebe rebelde al yugo; somos la plebe de Espartaco, la plebe con que Munzer proclama la igualdad, la plebe que con Camilo Desmoulins aplasta la Bastilla, la plebe que con Hidalgo incendia Granaditas, somos la plebe que con Juárez sostiene la reforma.” En esta lucha, el pueblo, por su abnegación, coraje, y espíritu rebelde han hecho una gran contribución al progreso humano, rescatando la razón de las garras de la reacción y cultivando la semilla de la emancipación social. Aunque hasta hoy las intrigas de los poderosos han confinado esa semilla en el suelo, el volante de la historia sigue girando, y eventualmente se ha de acabar en la primavera.

 

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