La república federal y comunal

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De Duncan Riley

4/14/2019

 

El pueblo español estableció la segunda república por revolución pacífica el 14 de abril de 1931, causando un gran levantamiento en la esperanza popular. Pero, sólo pocos años después, la república había perdido el apoyo de la gran mayoría de las masas, lo que llevó a la victoria de la CEDA en las elecciones de 1933, el poder creciente de las fuerzas reaccionarias, y, en última instancia, el golpe contrarrevolucionario de 1936. Entonces, esta república, tan llena de contradicciones y divisiones, da un ejemplo claro de los diferentes y contradictorios proyectos históricos de la clase proletaria y el ala progresiva de la clase burguesa.

Los obreros españoles salieron a las calles el 14 de abril para derrocar a sus tres enemigos naturales. Una, la monarquía, que representaba la centralización del poder político en Madrid, y en las manos de la aristocracia. Otros, los patrones, que centralizaban todo el poder económico de la sociedad en sus propias manos. Y, tercera, la iglesia, que monopolizaba las escuelas y universidades, para negar al pueblo los frutos de la educación. En todos estos casos, la lucha proletaria es la lucha en contra del centralismo político y económico, un anatema a los obreros y campesinos. Para ellos, el centralismo representaba un poder ajeno y elitista, el poder de un capital distante y distinto sobre el pueblo familiar y querido. Entonces, el proyecto más asociado con el proletariado es el federalismo, no en el sentido burgués, mas en el sentido libertario, de la devolución del poder a las comunas y a los ciudadanos. Por lo tanto, esto, la construcción de una federación de comunidades autónomas es la misión histórica y emancipadora de la clase obrera.

Pero, aunque fueron los trabajadores de la ciudad y el campo los que sangraban en las calles para forjar la república, la burguesía progresista o “radical,” fue la beneficiaria de esta sangre derramada en pos de la libertad. En contraste con el proletariado, la burguesía radical no quiere cambiar la sociedad completamente, sino modernizar la sociedad y borrar las desigualdades más odiosas, con el último objetivo de conservar las instituciones políticas y económicas de la sociedad capitalista. Por ello, la burguesía radical quiere igualar la sociedad sin revolucionarla – una propuesta de pura fantasía. La burguesía radical siempre queda atrapada entre el deseo de los trabajadores por la emancipación completa, y el deseo de la burguesía reaccionaria de que nada cambie. Entonces, los radicales corren frenéticamente de un lado al otro, tratando de aplacar a los dos sin lograr nada en el campo de la libertad humana. De esta manera, los gobiernos supuestos de ser defensores de los pueblos humildes se convierten en los asesinos de Casas Viejas.

Por ello, sólo el esfuerzo dedicado y eficaz de un pueblo consciente de su sus derechos y deberes puede lograr la revolución social. Cuando la república trató de empezar su reforma agraria, falló contra la intransigencia de la aristocracia. Pero, cuando los campesinos se apoderaron de los campos, y formaron sus propias comunas autónomas rurales, eso empezó un cambio verdaderamente profundo en la sociedad. Los códigos laborales de los reformistas sólo trataban de reconciliar a los obreros y patrones, mientras que las ocupaciones de fábricas y el establecimiento de control obrero constituyó un golpe de muerte contra la clase propietaria. Como tal, son sólo los trabajadores quienes pueden abrir el camino hacia la verdadera democracia económica y política, la república federal y comunal.

El pueblo trabajador no lucha por partidos ni habladurías, lucha por ideales y la emancipación. En toda la historia de las revoluciones, en ningún caso los trabajadores han erigido las barricadas en defensa de los autoritarios o las jerarquías sociales. El pueblo lucha con ojos llenos de esperanza de un mundo sin tiranos ni patrones. Son los que se llaman una “vanguardia” que traicionan a los obreros y construyen la república de palabras vacías de significado, que perpetúa las fallas de centralismo y explotación. Entonces, las vanguardias no pueden construir la democracia, se aprende la democracia al lado del pueblo, que en su lucha crea una democracia más fuerte de cualquier parlamento.  

La democracia verdadera es, por consiguiente, federal en su carácter y espíritu. La “democracia” burguesa de la república le permitió mantener colonias en África, una afrenta a la libertad y la antítesis de respeto a la voluntad del pueblo. También, la república continuaba el proyecto histórico de la élite española de construir un estado fuerte y centralista, quitando el poder de los trabajadores y campesinos. La democracia federal se constituye en la devolución del poder a las comunas, sembrando el poder entre los vientos del pueblo. Por lo tanto, la autogestión, en la política y lo económico ambos, es la expresión más radical de los principios del poder popular. Por ello, el federalismo revolucionario y libertario busca la abolición de los estados, y la propagación de la democracia comunal, como la comuna de París. Esta es la única república que España necesitaba, y la república que el mundo necesita.

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